2) Sábado 14: “Todo lo que contiene un
objeto”.
Cuento El Aleph de Jorge Luis
Borges
“Mis ojos habían visto ese
objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres”
El todo que encierra un nombre
y cada perspectiva, cada mirada es una mirada sobre el todo. La idea que un
objeto puede encerrar la totalidad del mundo.
Actividad: Dibujar y escribir (palabras
sueltas o azarosas) ese universo autobiografía que reconocen en su joya en su
recuerdo y en ese objeto particular. Trabajar con la máquina de fotografía
retratando todos los ángulos del objeto, cada parte y con esas imágenes
construir un Aleph, un objeto
indefinido que contenga otros objetos. La idea, en este encuentro, es trabajar
con el volumen y poder generar una pieza bordada con volumen.
Libro: El Aleph. Jorge Luis Borges. Editorial Emecé. Buenos Aires.
1990
El Aleph
Jorge Luis Borges
En
la parte inferior del escalón, hacía la derecha, vi una pequeña esfera
tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria, luego
comprendí que ese movimiento era una
ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro
del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí,
sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era
infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del
universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi la muchedumbres de
América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un
laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en
mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi
en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi
en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de
metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus
granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta
caballera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra
seca de una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un
ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland,
vi a un tiempo cada letra de cada página
(de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se
mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo,
vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa de
Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo
terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin
arremolinada, en una playa de Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de
una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales,
vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de
unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes,
marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un
astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar)
cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un
adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de que deliciosamente
había sido Beatriz Viterbo el engranaje del
amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en
el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y
lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo
nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible
universo.
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