lunes, 16 de abril de 2018

El Aleph de Jorge Luis Borges


2) Sábado 14: “Todo lo que contiene un objeto”.
Cuento El Aleph de Jorge Luis Borges
“Mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres”
El todo que encierra un nombre y cada perspectiva, cada mirada es una mirada sobre el todo. La idea que un objeto puede encerrar la totalidad del mundo.
Actividad: Dibujar y escribir (palabras sueltas o azarosas) ese universo autobiografía que reconocen en su joya en su recuerdo y en ese objeto particular. Trabajar con la máquina de fotografía retratando todos los ángulos del objeto, cada parte y con esas imágenes construir un Aleph, un objeto indefinido que contenga otros objetos. La idea, en este encuentro, es trabajar con el volumen y poder generar una pieza bordada con volumen.
Libro: El Aleph. Jorge Luis Borges. Editorial Emecé. Buenos Aires. 1990


El Aleph
(Fragmento)
Jorge Luis Borges


En la parte inferior del escalón, hacía la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria, luego comprendí  que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi la muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta caballera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca de una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi  a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa de Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa de Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz  había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo el engranaje  del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.









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